REFORMA LABORAL: NI NOVEDOSA NI MODERNA
Un traje a medida para el capital financiero
El slogan “Modernización del régimen laboral para facilitar el proceso de generación de empleo genuino” está inspirado en aventuras similares en 1976, 1991, 1995, 2000 y 2017. La historia argentina muestra que la flexibilización no promueve el crecimiento del empleo y, menos aún, del trabajo de calidad. En el gobierno corean que esta ley viene a revertir el hecho de que no se genera empleo desde hace 15 años. En el año 2015, presidencia de CFK, se crearon más de 150.000 empleos privados. También repiten que esta ley termina con la “industria del juicio”, mientras que la realidad muestra que esa industria no existe. El 88% de las desvinculaciones se producen por renuncias, finalización del período de prueba o contrato de trabajo, o por jubilaciones. Solo el 12% que se desvincula por despidos sin causa, son factibles de ir a juicio y no todas llegan a dicha instancia.
Otro mito es que estos juicios son una pesada carga para las “pobres” empresas, lo que se derrumba a partir de la tendencia a la alta rotación del mercado de trabajo en la Argentina, que indica que el 78% de los trabajadores tienen un promedio de 2 años en su puesto, mientras que solo el 10% de la masa formal supera los 10 años de antigüedad. El 55% de los asalariados informales se desempeñan en unidades productivas que tienen entre uno y 5 empleados. La reforma laboral persigue que esos trabajadores se “formalicen”, pero a través del monotributo. Asimismo amplía atribuciones de los empleadores para contratar de manera precaria y/o para despedir. Por último, la sola ley no va a promover la generación de empleo de calidad. Los mercados de trabajo más flexibles son los más inestables. Impulsan relaciones a corto plazo, con alta rotación e imprevisibilidad para los trabajadores.
Nuestro país arrastra serios inconvenientes y precisa de transformaciones, controles y políticas urgentes. Pero estos cambios los define y tracciona un clima, un modelo y un programa político.
No olvidemos que cuando asume Nestor Kirchner con más desocupados (24%) que votos (22%), convoca en el Salón Blanco a dirigentes empresariales y sindicales para presentar un audaz programa de combate al empleo informal para salir del infierno de entonces, en el que el lema común era “más vale cualquier trabajo que ningún trabajo”.
Está más que claro que, para hacer realidad esta ley regresiva, se necesita de un movimiento sindical atomizado y fragmentado. Por ello se intenta ampliar las actividades con límites al derecho a huelga, que pasarían de 470 mil a 2.9 millones de trabajadores. Este procedimiento para establecer cuáles son las actividades esenciales y el criterio para seleccionarlas contradice las normas de la OIT. Igual retroceso es el pase de los convenios de trabajo (hoy por rama) para pasar a serlo por empresa.
Nuestro sindicalismo, con avances y retrocesos, está en proceso de renovación y tuvo algunos puntos de acumulación desde que asumió Javier Milei. Movilizó inmediatamente con paro general luego de la asunción, luego en las jornadas del 24 de marzo y del 1 de mayo, y acompañó institucionalmente las luchas universitarias, y conflictos más sectoriales. El último 18 de diciembre se logró una movilización importante que completó la pelea y resistencia parlamentaria en la que la vocera designada Patricia Bullrich pasó de la burla (“que se manifiesten por la vereda que vamos a aplicar el protocolo”) a patear el tratamiento de la reforma para el 10 de febrero. Solo si persistimos en la lucha y organización por abajo vamos a resistir y torcer la embestida contra los derechos conquistados.
