Enemigo de los pueblos, enemigo de la paz

Refiriéndose al nacimiento de los estados-nación modernos, explica Henry Kissinger en su libro Orden mundial que “El primer ministro de Francia entre 1624 y 1642, Armand-Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, desarrolló un enfoque radical del orden internacional. Acuñó la idea de que el Estado era una entidad abstracta y permanente que existía por derecho propio. Sus necesidades no dependían de la personalidad del gobernante, tampoco de los intereses familiares o las exigencias universales de la religión. Su objetivo era el interés nacional según principios determinados racionalmente: lo que más tarde se conocería como razón de estado. Por tanto, habría de ser la unidad básica de las relaciones internacionales”.

Dice además que “Un siglo de conflictos sectarios y sediciones políticas en Europa Central había culminado en la guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648: una conflagración en que se mezclaron las disputas políticas y religiosas, los combatientes recurrieron a la ‘guerra total’ contra los centros poblados, y casi un cuarto de la población de Europa Central murió en combate, por enfermedad o de hambre (…) La Paz de Westfalia (..) se basaba en un sistema de estados independientes que se abstuvieran de interferir en los asuntos internos ajenos y controlaran mutuamente sus ambiciones a través de un equilibrio general del poder. (…) A cada Estado se le asignó el atributo de poder soberano sobre su territorio”.

Evita mencionar, claro, que por detrás de esos procesos asomaba pujante la clase portadora de las nuevas relaciones sociales de producción que se desperezaban con la manufactura y se desarrollarían con las fábricas: la naciente burguesía, interesada en los negocios, en aumentar su capital y expandir los mercados.

Sigue Kissinger, “El concepto westfaliano adoptó la multiplicidad como punto de partida y trazó una variedad de sociedades múltiples, cada una aceptada como una realidad en sí misma, en la búsqueda de un orden común. A mediados del siglo XX, este sistema internacional ya funcionaba en todos los continentes; continúa siendo el andamiaje del orden internacional como lo conocemos hoy”.

Las Naciones Unidas fueron la legitimación de ese proceso, luego de las dos guerras “mundiales”, que costaron a la humanidad entre 70 y 100 millones de muertos. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, más y más naciones fueron sumándose a la ONU a medida que se sacudían el yugo colonial y neocolonial, sin que eso evitara su subordinación a la economía imperialista. Durante esa etapa, el imperialismo operó creativamente, negociando con las clases dominantes de cada país el grado de sometimiento. Samir Amin solía explicar que en los planes originales del imperio, el objetivo era el de fines del siglo XIX: países formalmente independientes, proveedores de materias primas, petróleo y minerales a cambio de bienes manufacturados. La resistencia de las clases dominantes locales obligó a negociar con ellas la mal llamada “sustitución de importaciones”, que en definitiva consistió en ir exportando a esas naciones del sur global las tecnologías que iban quedando obsoletas en el centro, asegurando así un diferencial a favor de las naciones imperialistas.

Argentina constituyó un caso atípico, ya que su burguesía, dirigida por el peronismo, dio lugar a un desarrollo autónomo que, en su devenir, colisionó objetivamente con la dominación imperialista.

A fines del siglo XX y comienzos del XXI, el desarrollo de las cadenas globales de producción impulsadas por la globalización dieron lugar a un nuevo fenómeno: la búsqueda de la máxima ganancia hizo migrar las industrias a países con mano de obra más intensiva y más barata, con lo que la apropiación imperialista cambió de forma: ahora la plusvalía se crea en el sur global, donde están las industrias, y se extrae hacia el centro principalmente por el mecanismo del intercambio desigual y de la deuda usuraria, bajo control del FMI, la OMC y el Banco Mundial. El centro imperialista se desindustrializó y solo produce armas, guerras y tecnología (por poco tiempo: ya China supera a EE.UU. en 57 de 62 rubros) y sus intereses esenciales son los del capital financiero trasnacionalizado y desnacionalizado.

La actual situación no es producto de supuestos “errores”: es producto de sus “éxitos”, cada uno de los cuales nos llevó a una crisis peor que la previa.

No existe proyecto posible que contenga las necesidades de los países del Sur Global y al mismo tiempo preserve los objetivos imperialistas. Son objetivos antagónicos.

El imperialismo, enemigo de los pueblos y enemigo de la paz, revela su esencia, con la guerra como único medio de garantizar el control que se le escapa. La línea que va de Kosovo a Irán, pasando por Afganistán, Libia, Siria, Palestina, Líbano, Yemen y varias naciones africanas, demuestra que el único objetivo posible para el imperialismo es no la subordinación de las naciones, sino su demolición lisa y llana, para poder reiniciar el ciclo de acumulación que Marx llamó “originaria” y que actualmente algunos definen como acumulación por “desposesión”, forma elegante de decir saqueo, piratería y pillaje.

Los Milei y sus secuaces son bandoleros cuyo único objetivo es enriquecerse como mandaderos del amo imperial. Ya lo dijeron: el problema de Argentina es que está llena de argentinos. Su objetivo es lisa y llanamente la desaparición de nuestra nación soberana.

Los argentinos deberemos encontrar los caminos para oponer la resistencia necesaria por todas las vías legales y legítimas, la más importante de las cuales es la unidad con solidaridad, organización, conciencia y valor para la lucha, en las calles, en los lugares de trabajo, de estudio y de vivienda.

En esa lucha, el lugar de los trabajadores es esencial, ya que somos mayoría absoluta, somos quienes producimos todo lo que se distribuye, vende y/o exporta y somos también los consumidores del 70% del PBI, que se consume en el mercado interno.

Hay una tradición que sigue latente en la memoria colectiva y es la que hace que la CGT atraiga la atención aun cuando amaga nomás con decretar alguna lucha, por tímida que fuere. A pesar de su conducción pro patronal y corrupta, los cuerpos de delegados, las comisiones internas y los regionales toman en sus manos, en muchos casos, la defensa de los intereses de todo el pueblo.

Los comunistas somos parte indivisible de ese proceso y estaremos en la primera fila, poniendo el cuerpo y la cabeza para aportar nuestro granito de arena al mismo.