IMPERIALISMO EN CRISIS, CHINA Y LA ARGENTINA

Un futuro por conquistar

“A medida que termina la era de su dominación global, los Estados Unidos tienen que tomar la iniciativa en el reajuste de la arquitectura de poder global. Cinco hechos básicos relativos a la redistribución del poder político emergente global y el despertar político violento en Oriente Medio están mostrando el inicio de un nuevo reajuste global. El primero de estos hechos es que Estados Unidos sigue siendo la potencia mundial política, económica y militarmente más poderosa, pero, teniendo en cuenta los cambios geopolíticos complejos en los equilibrios regionales, ya no es el poder imperial global. (…) El hecho es que nunca ha habido un verdadero poder global ‘dominante’ hasta la aparición de los Estados Unidos en la escena mundial, siendo al mismo tiempo la potencia más rica y militarmente más fuerte. Durante la última parte del siglo XX ninguna otra potencia podía compararse. Esa época está llegando a su fin.”

Este no es el discurso exitista o esperanzado de algún dirigente progresista del mundo. Es parte de un artículo de Zbigniew Brzezinski, uno de los principales estrategas de la política exterior norteamericana durante el siglo XX, publicado hace más de una década (el 17 de abril de 2016).

Diez años y muchas bravatas después, la OTAN no puede detener a Rusia en Ucrania, China está cada vez más cerca de recuperar Taiwán e Irán sigue controlando el estrecho de Ormuz. Xi Jinping es recibido por un maltrecho Donald Trump al pie del avión, gesto de deferencia sin muchos precedentes. Meses antes, en la entrevista llevada a cabo en Beijing, Xi Jinping trae a colación la ahora famosa Trampa de Tucídides y sugiere evitarla.

Este es el camino decadente que sigue la otrora única potencia del neoliberalismo unipolar. En su retirada histórica, producto de su propio éxito, dio a luz a un grupete oligárquico de tecnomagnates que acumulan entre menos de diez personas aproximadamente un tercio de la riqueza mundial. Para llegar ahí, durante 200 años expoliaron a sangre y fuego a todo el resto del planeta, lo que incluye a su propio pueblo. En su devenir chocaron con nuestro país incontables veces, porque nuestras economías no son complementarias sino altamente competitivas en casi todos los rubros significativos.

Pero nuestras clases dirigentes, nuestra burguesía nacional, desde mayo de 1810 se vio escindida en dos líneas antagónicas: una que se contentaba con ser el cómplice subordinado de la potencia dominante de la época (Rivadavia con los ingleses, la generación del 80 con ingleses y norteamericanos, y a partir de 1930 con los yanquis fundamentalmente) y otra que aspiraba a construir una nación a la altura de su enorme potencial, cuyo origen puede rastrearse en Moreno, Belgrano, Monteagudo y San Martín, en la Unión Cívica original y en FORJA y cuya expresión más acabada fue la del primer yrigoyenismo, continuado por el peronismo entre 1946 y 1955, que dio lugar al desarrollo de una pujante burguesía.

Hoy, esa burguesía naciente ha mutado en un puñado de corporaciones trasnacionalizadas y desnacionalizadas asociadas a fondos globales de inversión, que aspira a sentarse a la mesa del neoliberalismo residual y ya no tiene lugar en su conformación para el “estrecho” mercado nacional, y probablemente ni siquiera el latinoamericano.

Estamos en esta encrucijada histórica, donde -como dijera Xi Jinping en aquel encuentro con Trump en el Palacio del Pueblo- asistimos a cambios no vistos en más de un siglo.

¿Argentina será otra víctima arrastrada en su caída por el imperialismo en decadencia o sobrevivirá como nación independiente y pujante, con un futuro de bienestar y felicidad para su pueblo, con una economía integrada a un mundo multipolar?

Tenemos todas las potencialidades para lograr esto último. Estamos entre los diez países más extensos del globo, tenemos todos los climas, todas las variedades minerales, energía, agua potable, un litoral marítimo extensísimo abundante en riquezas ictícolas. Todavía mantenemos tradiciones de educación y salud, ciencia y técnica de las que salieron algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo.

Somos de los pocos países en desarrollo con balanza comercial positiva, malversada por un minúsculo grupo de especuladores y sus cómplices. Invirtiendo en nuestro desarrollo interno las enormes cifras de dinero que saquean los integrantes de AEA y AmCham, cómplices del imperialismo, Argentina podría tranquilamente dar lugar a 4 o 5 veces su población actual, bastante cómodamente. Podría desarrollar un mercado interno pujante y en constante crecimiento, y podría reinvertir el fruto de su producción en cada vez mejores servicios para su pueblo así incrementado, desarrollando una infraestructura vial y ferroviaria de altísimo valor.

Ese es el camino que ha mostrado China: no es necesario eliminar la iniciativa privada, solo hay que canalizarla de manera que no contradiga el bien común, expresado en políticas definidas por un Estado donde estén representados todos sus habitantes, proporcionalmente a su contribución a la sociedad.

Un Estado de nuevo tipo donde sus miembros, desde abajo, desde cada barrio o pueblito, hasta lo más alto de su representación legislativa y su conducción ejecutiva, estén bajo control y escrutinio público efectivo, con mecanismos que garanticen que solo los mejores y más capaces servidores públicos lleguen a ocupar cargos decisivos. Eso requiere altos grados de conciencia y organización popular.

Los comunistas estamos convencidos de que son los trabajadores quienes deben encabezar y contribuir al cumplimiento de estas metas, en particular los trabajadores vinculados a la ciencia y a la técnica, a las nuevas tecnologías, a la salud y la educación, con patriotismo y conciencia de que nadie se salva solo, que el camino es con las grandes mayorías populares.